Regreso en Azul y Ocre
Jesús, este cuadro suena a maleta abierta. A punto de volver a Panamá, dejas constancia del breve paréntesis europeo y lo conviertes en rostro: tu cara icónica partida en dos, blanca y ocre, no solo por color sino por temperamento. En un costado mandan las bandas rectas y el plano sereno; en el otro, las ondas generosas, casi marea, desplegadas en azules que recuerdan la humedad del trópico. Dos fondos que se niegan a mezclarse subrayan esa fricción amable entre geografías y ritmos.
La mirada, ladeada y gemela, sostiene el dilema sin dramatismo: hay deseo de partida y, al mismo tiempo, un hilo que te retiene. Recuperas la inocencia de tu “cara infantil”, con contornos firmes y campos limpios, y la coronas con un juego de ondulaciones que suben a la zona del sueño: arriba lo que se imagina, a los laterales lo que debe ser y lo que podría ser. Europa te ordena; Panamá te desborda. Aquí las dos voces se escuchan a la vez.
Es un lienzo de tránsito, sí, pero no de despedida: es cartografía. Marcas con azules y ocres el mapa íntimo del regreso, y conviertes el conflicto en equilibrio. Antes de irte, ya has vuelto.